Lee el cuento que le encanta a Elena
Hansel y Gretel
Dos niños perdidos en un bosque, una casa hecha de pan de jengibre y azúcar, y una hermana cuya astucia los salva a los dos: uno de los cuentos más antiguos que recopilaron los hermanos Grimm.
Al borde de un gran bosque vivía un pobre leñador con sus dos hijos, Hansel y Gretel. Un año se perdió la cosecha, y había tan poco pan en casa que el leñador pasaba las noches en vela, sin saber cómo iba a alimentarlos. Su mujer le dijo que solo había una salida: llevar a los niños a lo más profundo del bosque y dejarlos allí, para que al menos los dos adultos pudieran sobrevivir.
Hansel los oyó hablar a través de la pared delgada. Salió a hurtadillas a la luz de la luna y se llenó los bolsillos de pequeñas piedrecitas blancas del camino. Al día siguiente, mientras la familia caminaba hacia el bosque, Hansel dejó caer en silencio una piedrecita cada pocos pasos. Cuando su padre los dejó junto a una hoguera y no regresó, los niños esperaron a que saliera la luna, y las piedrecitas brillaron como monedas pequeñas, y los llevaron todo el camino de vuelta a casa.
La segunda vez
Pero el duro invierno no había terminado, y al poco tiempo llevaron a los niños al bosque de nuevo. Esta vez Hansel no había podido salir a por piedrecitas, y solo tenía un trozo de pan, que fue desmigajando tras de sí mientras caminaban. Cuando cayó la noche y buscaron el rastro, había desaparecido. Los pájaros del bosque se habían comido cada miga.
Hansel y Gretel caminaron dos días, hambrientos y con frío, hasta que llegaron a un claro que no habían visto nunca. En el centro había una casita, y al acercarse vieron que las paredes eran de pan de jengibre, el tejado era de bizcocho y los cristales de las ventanas eran azúcar hilado transparente. Demasiado hambrientos para tener cuidado, arrancaron un trozo del tejado y empezaron a comer.
La casa del claro
La puerta se abrió, y salió una anciana apoyada en un bastón. Habló con dulzura y los invitó a pasar, y les dio tortitas y leche y dos camitas. Pero por la mañana su amabilidad había desaparecido. Encerró a Hansel en una jaula en el patio y le dijo a Gretel que lo alimentara bien, para que pronto hubiera bastante de él para hacer una comida. Gretel lloró, pero hizo lo que le mandaban, y observó, y esperó.
La anciana apenas veía, y cada pocos días se acercaba a la jaula y le pedía a Hansel que sacara un dedo, para notar si se había puesto lo bastante gordo. Hansel sacaba en su lugar un huesecito de pollo seco y fino, y la anciana, desconcertada de que siguiera tan flaco, se impacientó. Una mañana le dijo a Gretel que encendiera el gran horno, diciendo que ya no esperarían más.
El turno de Gretel
La anciana abrió la puerta del horno y le dijo a Gretel que se asomara a ver si estaba bastante caliente. Pero para entonces Gretel ya había entendido qué clase de casa era aquella. Dijo que no sabía cómo asomarse, y le pidió a la anciana que se lo enseñara. En el momento en que la anciana se inclinó hacia delante para mirar, Gretel le dio un empujón firme, cerró la puerta de hierro y corrió a sacar a su hermano de la jaula.
La casa estaba llena del tesoro de la anciana, perlas y piezas de oro, y los niños se llenaron los bolsillos antes de marcharse. Encontraron la salida del bosque, cruzaron un ancho estanque sobre el lomo de un pato blanco y llegaron por fin a la puerta de su padre. Él los había llorado cada día desde entonces, y su madrastra había muerto aquel mismo duro invierno, y desde entonces los tres compartieron lo poco que tenían, y siempre fue suficiente, porque estaban juntos.
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