Lee el cuento que le encanta a Zummy
Anansi y la Sabiduría del Mundo
Una araña astuta intenta guardarse toda la sabiduría del mundo para sí misma, y aprende, por las malas, que algunas cosas solo son realmente sabias cuando se comparten.
Hace mucho tiempo, Anansi la araña decidió que sería él, y solo él, quien guardara toda la sabiduría del mundo. Cada idea inteligente, cada solución ingeniosa: quería tenerla a salvo, donde nadie más pudiera alcanzarla.
Se puso entonces manos a la obra, reuniendo cada pizca de sabiduría que encontraba, encerrándola toda dentro de una gran calabaza redonda. Cuando estuvo a punto de reventar de llena, selló la abertura y empezó a pensar dónde esconder algo tan valioso.
Hasta la copa del árbol más alto
Anansi decidió que el lugar más seguro era la copa del árbol más alto del bosque, lejos de manos curiosas. Ató la calabaza a una cuerda alrededor del pecho, de modo que colgara pesada contra su vientre, y empezó a trepar.
Pero la calabaza, redonda y ancha, no dejaba de golpearle las rodillas a cada paso, haciendo la subida lenta y torpe. Trepó con dificultad, raspándose contra la corteza, resbalando dos veces, cada vez más frustrado con cada intento.
Una vocecita desde abajo
“Papá, ¿no sería más fácil atar la calabaza a la espalda en lugar de al pecho? Así las rodillas quedarían libres para trepar”, le gritó su joven hijo, que observaba desde el suelo.
Anansi miró hacia abajo y comprendió al instante que su hijo tenía razón: sería mucho más fácil de ese modo. Pero ese pensamiento lo dejó helado: si él, que se suponía debía poseer TODA la sabiduría del mundo, no había pensado en algo tan sencillo, entonces estaba claro que la calabaza no lo contenía todo, después de todo. Alguien fuera de ella, su propio hijo, tenía sabiduría propia.
Dejar ir
Frustrado y algo avergonzado, Anansi lanzó la calabaza desde la copa del árbol en un arrebato. Golpeó el suelo y se hizo añicos, y toda la sabiduría que contenía se esparció por el mundo: por los ríos, por los bosques, por la mente de cada criatura que se encontraba cerca cuando se rompió.
Y por eso, dice la historia, ninguna persona posee toda la sabiduría del mundo: fue el propio hijo de Anansi quien demostró, sin proponérselo, que la sabiduría siempre estuvo destinada a compartirse, no a acumularse.
Más cuentos, más nanas
Este es uno de los cuentos de una colección creciente de relatos tradicionales de todo el mundo, cada uno emparejado, cuando es posible, con una nana real de la misma cultura.
