Lee el cuento que le encanta a Elena
El Pescador y su Mujer
Un pez mágico, un deseo concedido, y concedido otra vez, y otra más, y la lección silenciosa que se esconde detrás de todo esto: saber cuándo lo que se tiene ya es suficiente.
Érase una vez un pobre pescador y su mujer, que vivían en una choza junto al mar. Un día el pescador atrapó un pez que hablaba: le dijo que era un príncipe encantado y le suplicó que lo devolviera al agua. El pescador, más sorprendido que codicioso, lo dejó ir sin pedir nada a cambio.
Esa noche, cuando se lo contó a su mujer, ella se puso furiosa. “¿Atrapaste un pez mágico y no pediste nada? Vuelve y pídele al menos una casa como es debido, cualquier cosa es mejor que esta choza”.
El primer deseo
El pescador volvió a la orilla y llamó, y el pez apareció y concedió el deseo sin protestar. La choza se convirtió en una casita y, por un tiempo, la mujer fue feliz.
Pero solo por un tiempo. Pronto volvió a mandar a su marido a pedir un castillo en lugar de la casita. Después, una vez conseguido el castillo, quiso ser reina. Luego, emperatriz. Cada vez el pescador volvía al mar más reacio que antes, y cada vez el mar mismo parecía agitarse más: el agua tranquila se volvía gris, luego tormentosa, a la medida de lo grande que se hacía el deseo.
Un deseo de más
Al final, la mujer deseó ser igual a Dios, con poder sobre el sol y la luna. Esta vez, cuando el pescador llamó al mar, este no se calmó. El pez no concedió deseo alguno, y cuando el pescador volvió andando a casa, encontró el castillo desaparecido, la corona desaparecida, y a su mujer de nuevo en la misma choza destartalada de donde habían partido, sin que nada hubiera cambiado salvo lo mucho que ambos habían aprendido sobre querer siempre más.
Más cuentos, más nanas
Este es uno de los cuentos de una colección creciente de relatos tradicionales de todo el mundo, cada uno emparejado, cuando es posible, con una nana real de la misma cultura.
