Lee el cuento que le encanta a Lu
Pina y los Mil Ojos Vigilantes
El deseo apresurado de una madre cansada, que quería una hija capaz de ver de verdad, da origen a una nueva fruta dorada, y a un nombre que perdura hasta hoy.
En un pequeño pueblo agrícola vivía una niña llamada Pina, a quien le gustaba jugar más de lo que le gustaba trabajar. Cada vez que su madre le pedía que trajera el cucharón de arroz o encontrara la olla, Pina buscaba solo un instante antes de exclamar: “¡No lo encuentro, Inay!”, incluso cuando lo que necesitaba estaba a plena vista.
Una mañana especialmente ajetreada, con invitados por llegar y arroz aún por cocinar, la madre de Pina le pidió que encontrara la gran cesta de aventar. Pina miró alrededor de la pequeña choza apenas un instante antes de dar su respuesta habitual: “¡No lo encuentro!” Su madre, cansada y sin paciencia, dijo sin pensar: “¡Ojalá tuvieras mil ojos, para que pudieras ver de verdad lo que tienes delante!”
Un deseo dicho demasiado deprisa
En el instante en que las palabras salieron de su boca, la madre de Pina deseó poder retirarlas. Pero ya era tarde. Esa noche, Pina se quedó extrañamente callada, y a la mañana siguiente no se la encontraba por ningún lado. Su madre buscó por todo el pueblo, llamándola, hasta que notó algo nuevo creciendo en el pequeño huerto detrás de la choza: una planta que nunca había visto, cuyas largas hojas espinosas coronaban un extraño fruto dorado.
Un fruto con mil ojos
Al mirar de cerca el fruto, la madre vio que su piel áspera estaba cubierta, de arriba abajo, de pequeñas marcas en forma de rombo, cada una pareciéndose de manera extraña a un diminuto ojo vigilante. Comprendió de inmediato, con una mezcla de pena y asombro, que su deseo apresurado se había cumplido de alguna manera, y que su hija se había convertido en algo nuevo, algo que ya nunca más tendría que decir: “No lo encuentro.”
El nombre que quedó
Los aldeanos se reunieron alrededor del extraño fruto nuevo, y cuando conocieron su historia, lo llamaron pinya, en honor a la niña de la que había brotado. La madre cuidó la planta con más esmero del que jamás había dedicado a una sola tarea, y con el tiempo crecieron más frutos dorados cerca, hasta que las plantas de pinya llenaron los jardines de todas las islas.
Hasta hoy, dice el cuento, cada piña sigue llevando sus mil ojos vigilantes: un delicado recordatorio de que un deseo, dicho demasiado deprisa en un momento de cansancio, merece que nos detengamos a pensarlo antes de pronunciarlo.
▶ Míralo en nuestro canal de YouTube
Ili-Ili, Tulog Anay
Escúchala suavemente mientras lees: una nana filipina tradicional tocada a mano, la misma cultura de la que viene este cuento.
Más cuentos, más nanas
Este es un cuento de una colección en crecimiento de historias tradicionales de todo el mundo, cada una emparejada, cuando es posible, con una nana real de la misma cultura.
