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Rodopis y la Sandalia Dorada
La sandalia de una esclava es llevada por un halcón hasta caer en el regazo de un rey en Menfis, en la que puede ser la historia de Cenicienta más antigua jamás contada.
En la ciudad egipcia junto al río de Náucratis vivía una muchacha llamada Rodopis, cuyo nombre significaba “mejillas rosadas”. La habían traído desde muy lejos, más allá del mar, y ahora trabajaba en la casa de un amo bondadoso, cuidando gansos y lavando lana a la orilla del río, mientras las demás sirvientas se burlaban de su cabello claro y su extraño acento.
Una tarde, cuando Rodopis terminó sus tareas, su amo, que le había tomado cariño por su carácter dulce, le regaló un par de sandalias con suelas de cuero dorado, tan delicadas que parecían hechas para bailar en lugar de caminar. Esa noche, mientras las otras muchachas iban a una fiesta en el pueblo, Rodopis se quedó lavando ropa junto al río, y dejó sus hermosas sandalias sobre una piedra plana para que se secaran al sol.
Una sandalia que se lleva el viento
Mientras trabajaba, un halcón bajó en picado desde el cielo, arrebató una de las pequeñas sandalias doradas de la piedra, y volvió a subir entre las nubes antes de que Rodopis pudiera siquiera gritar. Nunca imaginó que volvería a verla, y, secándose una lágrima, terminó su trabajo en silencio y volvió a casa con una sola sandalia puesta.
Una sandalia en el regazo de un faraón
Muy lejos, en la gran ciudad de Menfis, el joven faraón Amasis presidía la corte al aire libre. Sin previo aviso, el halcón trazó un círculo sobre su cabeza y dejó caer la diminuta sandalia, con tal precisión que fue a parar justo a su regazo. Amasis la dio vueltas entre las manos, maravillado por su pequeño tamaño y su fino cuero dorado, y declaró que no descansaría hasta encontrar el pie al que pertenecía.
Se enviaron barcas río arriba y río abajo, y mensajeros caminaron de pueblo en pueblo, hasta que uno de ellos llegó por fin a la casa de Náucratis donde vivía Rodopis. Cuando ella se adelantó, en silencio, con su única sandalia puesta, y colocaron la dorada junto a su pie descalzo, todos vieron que encajaba a la perfección.
Una reina venida de la orilla del río
Amasis llevó a Rodopis a Menfis él mismo, y allí, en el palacio donde el halcón había dejado caer la sandalia por primera vez, la convirtió en su reina. Ella nunca olvidó los gansos que había cuidado ni el río donde había lavado lana, y se dice que durante el resto de su vida guardó un pequeño plato de grano en su ventana, por si algún halcón volvía a visitarla.
Y esa, dicen algunos, es la versión más antigua de una historia que desde entonces se ha vuelto a contar en cien tierras distintas: que la bondad, por muy silenciosa que se dé, siempre encuentra el camino de vuelta a casa.
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