Lee el cuento que le encanta a Zummy
El Gato con Botas
El hijo menor de un molinero, que solo heredó un gato, y un gato que de eso sacó un castillo: uno de los cuentos más ingeniosos y divertidos que puso por escrito Charles Perrault.
Cuando un viejo molinero murió, dejó el molino al hijo mayor, el asno al hijo del medio, y al menor solo el gato. El joven se sentó y dijo en voz alta que no sabía cómo iba a vivir. El gato, que estaba sentado cerca, alzó la vista y dijo, con una voz de lo más normal, que las cosas no eran tan malas como parecían, y que si su amo le compraba un par de botas y un pequeño saco, vería lo que podía hacer.
El joven tenía muy poco, pero encontró las botas y el saco, y el gato se calzó las botas y se marchó. Cazó conejos y gordas perdices en el saco y los llevó al palacio, y les dijo a los guardias que eran un regalo para el Rey de parte de su amo, el Marqués de Carabás. No había ningún Marqués de Carabás. El gato se había inventado el nombre por el camino. Pero al Rey le gustó, y los regalos siguieron llegando, semana tras semana.
El río
Una mañana el gato se enteró de que ese día el Rey iría en carruaje por la orilla del río con su hija. Le dijo a su amo que fuera a bañarse en el río en un lugar que le señaló, y que le dejara el resto a él. Mientras el joven estaba en el agua, el gato escondió su ropa vieja debajo de una piedra, y cuando el carruaje real se acercó, corrió al camino gritando que unos ladrones habían tirado al Marqués de Carabás al río.
El Rey, que conocía bien ese nombre por todos los regalos, se detuvo de inmediato y mandó traer un buen traje. Vestido como un señor, el joven parecía un señor en todo, y el Rey lo invitó a subir al carruaje. La hija del Rey, sentada frente a él, pensó que era la persona más agradable que había conocido en mucho tiempo, y el joven, que de aquella mañana no había esperado más que un baño, apenas podía hablar.
Los campos de Carabás
El gato, entretanto, corría muy por delante por el camino. Cada vez que pasaba junto a gente que trabajaba en un campo o en un prado, se detenía y les decía, con amabilidad pero con mucha firmeza, que cuando el Rey preguntara de quién era esa tierra, debían responder que era del Marqués de Carabás. Así, mientras el carruaje pasaba, kilómetro tras kilómetro, el Rey oyó cada vez la misma respuesta, y con cada campo quedaba más impresionado.
Al final del camino se alzaba un gran castillo que de verdad pertenecía a un ogro, un ogro rico y de muy mal genio que podía cambiar de forma. El gato llamó a la puerta y lo dejaron entrar, e hizo un gran alarde de admiración por el poder del ogro. Dijo que había oído que el ogro podía convertirse en león, pero que no acababa de creerlo. El ogro se convirtió en león al instante, rugiendo, y el gato fingió estar muy impresionado.
El ratón
Entonces el gato dijo, con una voz algo dudosa, que convertirse en algo grande era una cosa, pero que también había oído que el ogro podía convertirse en algo tan pequeño como un ratón, y que eso seguro que no podía ser cierto. Picado, el ogro se encogió hasta ser un ratoncito gris y corrió por el suelo, y el gato, que al fin y al cabo era un gato, se ocupó del resto. Cuando llegó el carruaje del Rey, el gato estaba en el portón y dio la bienvenida a todos al castillo del Marqués de Carabás.
El Rey quedó tan encantado con el joven, y con las tierras, y con el castillo, que antes de que terminara la tarde ya había propuesto que el joven se casara con su hija, y el joven, que para entonces la quería mucho, dijo que sí. Al gato lo hicieron gran señor y nunca más persiguió a un ratón, salvo cuando le apetecía. Y el hijo menor, que había llorado porque todo lo que le quedaba era un gato, en aquel único amigo había recibido más que cualquiera de sus hermanos.
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