Lee el cuento que le encanta a Tobia
Momotaro, el Niño Melocotón
Uno de los cuentos más queridos de Japón, transmitido durante generaciones, sobre un héroe inesperado, tres amigos igual de inesperados y el valor de plantar cara a quienes se aprovechan de los débiles.
Hace mucho tiempo, en un tranquilo pueblo de Japón, vivían un anciano y una anciana. No tenían hijos propios y, aunque sus días eran tranquilos, siempre faltaba algo. Cada mañana el anciano subía a la montaña a cortar leña, y cada mañana la anciana bajaba al río a lavar la ropa.
Un día, mientras estaba arrodillada junto al agua, la anciana vio algo extraño flotando hacia ella: un melocotón enorme, más grande que cualquier otro que hubiera visto. Lo recogió entre los brazos y lo llevó a casa, imaginando ya lo dulce que sería.
Pero cuando esa noche ella y el anciano se sentaron a cortarlo, el melocotón se abrió solo: dentro, en lugar de un hueso, había un bebé que reía mirándolos. Asombrados y felices, el anciano matrimonio lo crió como propio y lo llamaron Momotaro, “el niño melocotón”.
Un niño crece deprisa cuando se le quiere
Momotaro creció fuerte, despierto y bondadoso: el tipo de niño que compartía su comida antes de que nadie se la pidiera. Pero el pueblo donde crecía no siempre vivía en paz. Mar adentro, en un lugar llamado Onigashima, la Isla de los Demonios, una banda de oni había tomado la costumbre de saquear la costa, robando comida, tesoros y tranquilidad a quien tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino.
Cuando Momotaro tuvo edad suficiente, dijo a sus padres que iba a navegar hasta la isla para acabar con todo aquello. Ellos no intentaron disuadirlo, solo le preguntaron qué necesitaba. Su madre le preparó una bolsa de kibi dango, unas dulces bolas de mijo, para el camino.
Tres amigos, tres bolas de mijo
Camino de la costa, Momotaro se encontró con un perro, que le preguntó a qué olía tan bien. Momotaro compartió una bola de mijo, y el perro, agradecido y leal, pidió unirse a él. Un poco más adelante se encontró con un mono, y después con un faisán, y a cada uno le ofreció la misma generosidad: una bola de mijo y una invitación. Uno a uno aceptaron viajar con él, no porque él se lo ordenara, sino porque había sido el primero en ser generoso.
Juntos, aquel grupo tan poco habitual (un niño, un perro, un mono y un faisán) construyeron una pequeña barca y zarparon hacia Onigashima.
La Isla de los Demonios
Cuando desembarcaron, los oni los esperaban tras altas puertas de hierro, seguros de que nadie se atrevería a ir a buscarlos. Pero el faisán voló sobre las murallas y atacó desde arriba, el mono escaló la puerta y descorrió el cerrojo por dentro, y el perro mantuvo la posición frente a la entrada, mientras Momotaro entraba directamente en el salón de los demonios y desafiaba a su jefe cara a cara.
No fue el tamaño del ejército lo que decidió aquel día, sino que cuatro compañeros tan distintos habían aprendido a luchar como uno solo. Al caer la tarde, el jefe de los oni se rindió y entregó todo lo que su banda había robado durante años: oro, seda y tesoros arrebatados a los pueblos de la costa.
El regreso a casa
Momotaro y sus tres amigos volvieron a casa con el tesoro amontonado en su pequeña barca. No se lo quedó para él: lo repartió por todo el pueblo, devolviendo lo que podía devolverse y ayudando a los vecinos que se habían quedado sin nada. Sus ancianos padres, que un día encontraron un melocotón en el río sin imaginar jamás adónde los llevaría, vivieron el resto de sus días orgullosos, y ya nunca volvieron a estar solos.
Más cuentos, más nanas
Este es el primero de una colección creciente de cuentos tradicionales de todo el mundo, cada uno emparejado, cuando es posible, con una nana real de la misma cultura.
