Lee el cuento que le encanta a Tobia
El Marido que Debía Cuidar de la Casa
Un granjero convencido de que las tareas del hogar son fáciles tiene exactamente un día para demostrarlo, y aprende, hora tras hora, cuánto se equivocaba.
Había una vez un granjero convencido de que su mujer nunca hacía nada bien en la casa. Cada tarde volvía de los campos con una nueva queja: la mantequilla no estaba bien batida, la vaca no se había ordeñado a tiempo, la cena volvía a llegar tarde.
Una tarde, tras otro discurso quejumbroso, su mujer perdió por fin la paciencia. “Si crees que es tan fácil”, dijo, “mañana te quedas tú en casa cuidando de las tareas, y yo saldré a segar el campo en tu lugar. Vamos a ver qué tal te las apañas TÚ”.
El granjero, bastante seguro de poder hacerlo sin ningún problema, aceptó de inmediato.
Una mañana de confianza
A la mañana siguiente, su mujer tomó la guadaña y se dirigió al campo, y el granjero se puso manos a la obra con su nueva lista de tareas: batir la mantequilla, ordeñar la vaca, preparar la cerveza y cuidar del bebé; nada que, en su opinión, requiriera demasiada habilidad.
Decidió empezar por la cerveza. Pero a mitad de la preparación recordó que la vaca aún necesitaba ordeñarse y, pensando que podía hacer dos cosas a la vez, bajó el cubo de leche a la bodega, justo junto al barril de cerveza, cuyo grifo había olvidado cerrar.
Un desastre tras otro
Para cuando se dio cuenta, la cerveza ya había inundado el suelo de la bodega. Corrió a arreglarlo, olvidándose por completo de la vaca, que mientras tanto se había alejado sin vigilancia, trepando hasta el tejado de la casa: un tejado que, como en muchas viejas granjas noruegas de techo de césped, estaba cubierto de hierba, justo el tipo de cosa a la que una vaca hambrienta no puede resistirse.
Preocupado de que la vaca pudiera caerse, el granjero le ató una cuerda alrededor y bajó el otro extremo por la chimenea, con la intención de sujetarla firme desde dentro. Pero justo en ese momento el bebé empezó a llorar pidiendo leche, y el granjero, dividido entre la cuerda y el bebé, se ató la cuerda a la propia pierna para tener las manos libres, y se giró hacia la olla de gachas sobre el fuego.
En ese preciso instante, la vaca resbaló en el tejado. No cayó mucho, pero su peso sobre la cuerda fue más que suficiente para arrastrar al granjero, por la pierna, chimenea arriba, donde quedó atrapado, incapaz de hacer nada, mientras debajo de él las gachas se quemaban hasta ennegrecerse.
Lo que encontró su mujer
Cuando su mujer volvió a casa aquella tarde, encontró a su marido colgando de la chimenea por una pierna, la bodega inundada de cerveza, las gachas arruinadas y el bebé todavía hambriento. Lo ayudó a bajar sin decir una sola palabra de triunfo: no le hacía falta. Desde aquel día, el granjero nunca más se quejó de cómo pasaba su mujer las jornadas.
Más cuentos, más nanas
Este es uno de los cuentos de una colección creciente de relatos tradicionales de todo el mundo, cada uno emparejado, cuando es posible, con una nana real de la misma cultura.
