Lee el cuento que le encanta a Tobia
Pinocho
Un títere de madera tallado por un viejo carpintero solitario, una nariz que crece con cada mentira y un largo viaje de vuelta a casa: la historia más querida jamás escrita en lengua italiana.
En un pequeño taller de un pueblo de la Toscana, un viejo carpintero llamado Geppetto tallaba un títere de un bloque de pino. Quería un niño de madera al que llevar consigo por el mundo. Antes de haber terminado siquiera de tallar la boca, el títere se echó a reír, y Geppetto supo al instante que aquel no era un trozo de madera cualquiera. Lo llamó Pinocho.
Geppetto no tenía casi nada, pero vendió su único abrigo para comprarle a Pinocho una cartilla, con la esperanza de que el títere aprendiera a leer. Un viejo grillo sabio que vivía en el taller le dijo a Pinocho que los niños que no escuchan los buenos consejos, de mayores se arrepienten mucho. Pinocho no quería oír aquello, y a la mañana siguiente, camino de la escuela, cambió el libro por una entrada para un teatro de títeres.
La zorra y el gato
Por el camino, Pinocho se encontró con una zorra y un gato, que habían oído que llevaba consigo unas cuantas monedas de oro. Le hablaron de un campo mágico donde una moneda enterrada se convertía en una noche en todo un árbol de oro. Pinocho, que quería llevar riquezas a casa para Geppetto, se creyó cada palabra, y por la mañana las monedas y los dos desconocidos habían desaparecido.
Un hada amable, con el cabello del color del cielo, encontró a Pinocho y lo acogió. Cuando le preguntó qué había sido de sus monedas, él se avergonzó y mintió. Con cada mentira la nariz le crecía más, hasta que fue tan larga que no podía darse la vuelta en la habitación. Lloró y prometió decir la verdad, y el hada, al ver que lo decía de corazón, le devolvió la nariz a su tamaño.
El País de los Juguetes
Después de aquello, Pinocho tenía de verdad la intención de ir a la escuela. Pero un niño al que conocía le habló de un lugar llamado el País de los Juguetes, donde no había clases ni relojes, solo juegos de la mañana a la noche. Pinocho se dijo que se quedaría solo unos días. Los días se convirtieron en semanas, y se olvidó por completo de Geppetto, que lo esperaba en casa.
Una mañana Pinocho se despertó y descubrió que le habían crecido dos largas orejas grises, y entendió, demasiado tarde, por qué en el País de los Juguetes no había escuela. Huyó de aquel lugar tan rápido como pudo. Cuando por fin llegó al pueblo, el taller estaba vacío. Un vecino le contó que Geppetto se había construido una pequeña barca y se había hecho a la mar para buscarlo, y no había regresado.
Dentro del gran pez
Pinocho se lanzó al agua para buscarlo. Nadó un día y una noche, hasta que un enorme pez abrió la boca y se lo tragó entero. Y allí, en la oscuridad, sentado a la luz de una pequeña vela, estaba Geppetto, que había sido tragado semanas antes. Se abrazaron y lloraron, y luego Pinocho dijo que no iban a quedarse allí. Mientras el gran pez dormía, treparon hacia fuera pasando por encima de su lengua y nadaron hacia la orilla.
Después de aquello, Pinocho se puso a trabajar. Acarreaba agua, tejía cestas, pasaba las noches en vela cuidando a Geppetto para que recuperara la salud, y ahorraba cada moneda para los dos. No lo hacía para convertirse en nada; lo hacía porque Geppetto había vendido su abrigo por una cartilla y se había hecho a la mar por él. Una mañana Pinocho se despertó y descubrió que ya no estaba hecho de madera. Era un niño de verdad, y lo había estado siendo, en silencio, desde hacía mucho tiempo.
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Nana de Barberino
Pon esta melodía suavemente mientras lees Pinocho en voz alta: una nana tradicional tocada en vivo desde Barberino, en las colinas de la Toscana, la misma campiña donde se escribió la historia.
Más cuentos, más nanas
Este es un cuento de una colección en crecimiento de historias tradicionales de todo el mundo, cada una emparejada, cuando es posible, con una nana real de la misma cultura.
